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miércoles, 30 de marzo de 2016

Evangelización


¡CRISTO HA RESUCITADO!

El Papa Benedicto XVI, anteriormente Cardenal Joseph Ratzinger, ha ofrecido a los fieles cristianos y al mundo unos escritos llenos de sabiduría durante los años de su pontificado. Hoy les ofrezco brevemente algunos textos en torno a la ‘resurrección’, ofrecidos por el Papa en los mensajes de la bendición de Pascua Urbi et orbi de los años 2006 a 2012. 

A modo de síntesis, los mensajes afirman que ‘la resurrección de Jesucristo es: fuente de la vida, fundamento de la fe, presencia por siempre con nosotros, esperanza cristiana, liberación del hombre viejo para revestirnos del hombre nuevo, un acontecimiento y propiciación de un encuentro’.
 
Primera enseñanza: ‘no está aquí … ha resucitado. Jesús es la fuente misma de la vida y nos incorpora a Él’ (mensaje año 2006).
«No está aquí... ha resucitado». Los mensajeros celestes comunican ante todo que Jesús «no está aquí»: el Hijo de Dios no ha quedado en el sepulcro, porque no podía permanecer bajo el dominio de la muerte (cf. Hch 2, 24) y la tumba no podía retener «al que vive» (Ap 1, 18), al que es la fuente misma de la vida. Porque, del mismo modo que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo, también Cristo crucificado quedó sumido en el seno de la tierra (cf. Mt 12, 40) hasta terminar un sábado […] Su resurrección, gracias al Bautismo que nos “incorpora” a Él, es nuestra resurrección. Lo había preanunciado el profeta Ezequiel: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel» (Ez 37, 12). 


Segunda enseñanza: ‘fundamento de la fe; la profesión de fe ante la incredulidad y la incertidumbre’ (mensaje año 2007).
¡Cristo ha resucitado! ¡Paz a vosotros! Se celebra hoy el gran misterio, fundamento de la fe y de la esperanza cristiana: Jesús de Nazaret, el Crucificado, ha resucitado de entre los muertos al tercer día, según las Escrituras […] Los Apóstoles lo contaron a Tomás, ausente en aquel primer encuentro extraordinario: ¡Sí, el Señor ha cumplido cuanto había anunciado; ha resucitado realmente y nosotros lo hemos visto y tocado! Tomás, sin embargo, permaneció dudoso y perplejo. Cuando, ocho días después, Jesús vino por segunda vez al Cenáculo le dijo: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente!”. La respuesta del apóstol es una conmovedora profesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20,27-28). “¡Señor mío y Dios mío!”. Renovemos también nosotros la profesión de fe de Tomás. Como felicitación pascual, este año, he elegido justamente sus palabras, porque la humanidad actual espera de los cristianos un testimonio renovado de la resurrección de Cristo; necesita encontrarlo y poder conocerlo como verdadero Dios y verdadero Hombre. Si en este Apóstol podemos encontrar las dudas y las incertidumbres de muchos cristianos de hoy, los miedos y las desilusiones de innumerables contemporáneos nuestros, con él podemos redescubrir también con renovada convicción la fe en Cristo muerto y resucitado por nosotros. Esta fe, transmitida a lo largo de los siglos por los sucesores de los Apóstoles, continúa, porque el Señor resucitado ya no muere más. Él vive en la Iglesia y la guía firmemente hacia el cumplimiento de su designio eterno de salvación.

Tercera enseñanza: ‘Cristo ha resucitado y está siempre con nosotros’ (mensaje año 2008).
«Resurrexi, et adhuc tecum sum. Alleluia!». «He resucitado, estoy siempre contigo». ¡Aleluya! Queridos hermanos y hermanas, Jesús, crucificado y resucitado, nos repite hoy este anuncio gozoso: es el anuncio pascual. Acojámoslo con íntimo asombro y gratitud. También bajo la lluvia sigue siendo verdad: el Señor ha resucitado y nos da su alegría. Pidamos que la alegría esté presente entre nosotros incluso en estas circunstancias.
«Resurrexi et adhuc tecum sum» […] «He resucitado y estoy aún y siempre contigo». Estas palabras nos invitan a contemplar a Cristo resucitado, haciendo resonar su voz en nuestro corazón. Con su sacrificio redentor Jesús de Nazaret nos ha hecho hijos adoptivos de Dios, de modo que ahora podemos insertarnos también nosotros en el diálogo misterioso entre él y el Padre. Viene a la mente lo que dijo un día a sus oyentes: «Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27). En esta perspectiva, advertimos que la afirmación dirigida hoy por Jesús resucitado al Padre, —«Estoy aún y siempre contigo»— nos concierne también a nosotros, que somos «hijos de Dios y coherederos de Cristo, si realmente participamos en sus sufrimientos para participar en su gloria» (cf. Rm 8, 17). Gracias a la muerte y resurrección el Señor nos dice también a nosotros: he resucitado y estoy siempre contigo.

Cuarta enseñanza: ‘Cristo ha resucitado y nos ha dado esperanza’ (mensaje año 2009)
A todos vosotros dirijo de corazón la felicitación pascual con las palabras de san Agustín: «Resurrectio Domini, spes nostra», «la resurrección del Señor es nuestra esperanza» (Sermón 261,1). Con esta afirmación, el gran Obispo explicaba a sus fieles que Jesús resucitó para que nosotros, aunque destinados a la muerte, no desesperáramos, pensando que con la muerte se acaba totalmente la vida; Cristo ha resucitado para darnos la esperanza (cf. ibíd.) […] En efecto, una de las preguntas que más angustian la existencia del hombre es precisamente ésta: ¿qué hay después de la muerte? Esta solemnidad nos permite responder a este enigma afirmando que la muerte no tiene la última palabra, porque al final es la Vida la que triunfa. Nuestra certeza no se basa en simples razonamientos humanos, sino en un dato histórico de fe: Jesucristo, crucificado y sepultado, ha resucitado con su cuerpo glorioso. Jesús ha resucitado para que también nosotros, creyendo en Él, podamos tener la vida eterna. Este anuncio está en el corazón del mensaje evangélico. San Pablo lo afirma con fuerza: «Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo». Y añade: «Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados» (1 Co 15,14.19). Desde la aurora de Pascua una nueva primavera de esperanza llena el mundo; desde aquel día nuestra resurrección ya ha comenzado, porque la Pascua no marca simplemente un momento de la historia, sino el inicio de una condición nueva: Jesús ha resucitado no porque su recuerdo permanezca vivo en el corazón de sus discípulos, sino porque Él mismo vive en nosotros y en Él ya podemos gustar la alegría de la vida eterna.

Quinta enseñanza: ‘liberación del hombre viejo al hombre nuevo’ (mensaje año 2010).
El Evangelio nos ha revelado el cumplimiento de las figuras antiguas: Jesucristo, con su muerte y resurrección, ha liberado al hombre de aquella esclavitud radical que es el pecado, abriéndole el camino hacia la verdadera Tierra prometida, el Reino de Dios, Reino universal de justicia, de amor y de paz. Este “éxodo” se cumple ante todo dentro del hombre mismo, y consiste en un nuevo nacimiento en el Espíritu Santo, fruto del Bautismo que Cristo nos ha dado precisamente en el misterio pascual. El hombre viejo deja el puesto al hombre nuevo; la vida anterior queda atrás, se puede caminar en una vida nueva (cf. Rm 6,4). Pero, el “éxodo” espiritual es fuente de una liberación integral, capaz de renovar cualquier dimensión humana, personal y social.

Sexta enseñanza: ‘la resurrección: un acontecimiento’ (mensaje año 2011).
La mañana de Pascua nos ha traído el anuncio antiguo y siempre nuevo: ¡Cristo ha resucitado! El eco de este acontecimiento, que surgió en Jerusalén hace veinte siglos, continúa resonando en la Iglesia, que lleva en el corazón la fe vibrante de María, la Madre de Jesús, la fe de la Magdalena y las otras mujeres que fueron las primeras en ver el sepulcro vacío, la fe de Pedro y de los otros Apóstoles […] La resurrección de Cristo no es fruto de una especulación, de una experiencia mística. Es un acontecimiento que sobrepasa ciertamente la historia, pero que sucede en un momento preciso de la historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien.

Séptima enseñanza: ‘un encuentro que cambia la vida’ (mensaje año 2012).
Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos devuelve nuestra dignidad. He aquí por qué la Magdalena llama a Jesús «mi esperanza»: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. «Cristo, mi esperanza», significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad […] Pero María Magdalena, como los otros discípulos, han tenido que ver a Jesús rechazado por los jefes del pueblo, capturado, flagelado, condenado a muerte y crucificado. Debe haber sido insoportable ver la Bondad en persona sometida a la maldad humana, la Verdad escarnecida por la mentira, la Misericordia injuriada por la venganza. Con la muerte de Jesús, parecía fracasar la esperanza de cuantos confiaron en Él. Pero aquella fe nunca dejó de faltar completamente: sobre todo en el corazón de la Virgen María, la madre de Jesús, la llama quedó encendida con viveza también en la oscuridad de la noche. En este mundo, la esperanza no puede dejar de hacer cuentas con la dureza del mal. No es solamente el muro de la muerte lo que la obstaculiza, sino más aún las puntas aguzadas de la envidia y el orgullo, de la mentira y de la violencia. Jesús ha pasado por esta trama mortal, para abrirnos el paso hacia el reino de la vida. Hubo un momento en el que Jesús aparecía derrotado: las tinieblas habían invadido la tierra, el silencio de Dios era total, la esperanza una palabra que ya parecía vana.

Deseo que la lectura de estos textos nos ayude en este tiempo de Pascua a fortalecer nuestra fe y seguir anunciando la salvación de Dios a todas personas.

Os remito a la lectura completa de los mensajes del Papa Benedicto XVI en la página web del Vaticano (www.vatican.va).

Feliz Pascua de Resurrección.
Antonio Jesús Rodríguez Báez
Párroco de Nuestra Señora de la Asunción
Osuna (Sevilla)